viernes, 3 de octubre de 2008

Caramel

Si el amor es como el caramelo, ¿por qué es tan difícil que resulte?

Luego del avezado sábado en el boliche (más bien, en la caseta del baño del boliche), no tuve cuerpo para levantarme en todo el día. “Los años no vienen solos”, decía alguien de mi familia. Y los mios van pasando y pasando y pasando y, hay varios huesos por ahí, pero nada de carne. Así que los años pasan, nos vamos poniendo viejos y una noche de sábado me hace dormir todo el domingo.

Siempre en algún momento me levanto. No es que duerma toooooodo el día. Me levanto y empiezo a ver si está por ahí alguno de los chicos para ir a tomar el típico té de los domingos. Pero nadie. Nadie quiere ir a tomar el té. Y entonces parto al cine. A ninguno le gusta ir un domingo al cine. A mí me encanta. Así que, los años no vienen solos, pero yo me voy al cine “con solo”.

Es algo mágico. Me siento en la sala del cine, apagan las luces, comienza la película y yo me transporto a la historia, a los personajes, a los colores (a pesar de ser daltónico), a la música y a todo lo que tenga que ver con ella. Obviamente, tiene que ser una buena. Tampoco es que me voy a transportar en una donde los diálogos sean de adolescentes, o de monstruos mal maquillados, o de ciencia ficción barata.

Esta vez ví Caramel. Historias de mujeres en el juego del amor, el deseo y la soledad. Me vi reflejado en “casi” todas.

Está aquella que sale con un tipo casado (al que puede ver únicamente cuando él puede) y no tiene ojos para un policía (un bombón, imposible no hacer este comentario) que le pone hasta sus cejas para que depile y así se de cuenta que existe.

Está la otra, en sus cuarenta y con menopausia, que aún quiere ser jóven y menstruar. A la que no le interesa ponerle vida a sus años, sino quitarle años a su vida (lo se, esto es de Arjona), haciendo pendejadas que ni una adolescente hace.

También aparece la que se enamora de una clienta a la que le lava diariamente una larga cabellera negra de una manera tan exquisita y sensual que me hubiera gustado estar en ese lugar. Es tan lindo que te laven el cabello y te lo masajeen y sentir el agua tibia correr y las manos de otra persona haciendo lo que uno hace todos los días, por el simple hecho de tener que hacerlo.

Además, existe aquella próxima a casarse con un hombre que era más terco que yo (y eso ya es mucho) al que no le dice ni puede decirle que ya no es virgen. Ese no es mi caso.

Y aparece una joya del cine. Ese personaje que te da una ternura impresionante, ese personaje que vivió la vida de otro (en este caso, una hermana loca que espera el amor de su vida y una simple carta) y jamás se animó a vivir la suya. Ese personaje al que le llega el amor y, por miedo o por el falso compromiso de vivir la vida por otro, lo deja esperando en un café.

Ese fue el domingo de cine. Una tarde preciosa: yo y “con solo”, disfrutando de una delicia que me dijo esto:

¿Será que el amor es como el caramelo?
Para que tenga su punto justo, no tiene que cocerse ni poco ni mucho.
El sabor adecuado, depende del paladar del que lo saboree.
Si lo mordés y está muy duro, te rompe los dientes.
Si lo mordés y está muy blando, se te pegotea todo.

Y si te quemás una vez, querés comerlo nuevamente, pero te da un miedo terrible.

Show must go on

Sábado. Todo un fin de semana por delante. Dos días no es mucho. ¿A quién se le ocurrió que hay que trabajar cinco días en la semana y descansar dos?

No tenía muchos planes: solamente descansar y ver a los chicos. Además, no recibí noticia alguna del señor compatriota que estaba con ganas de conocerme "intelectualmente" (y yo tampoco lo llamé). No emoticons, no msn, no llamado, no nada ni camina. Planifiqué la noche y me sumergí en el descanso. A la noche, salgo a bailar y que la pista de baile decida.

Antes de ir al boliche, Eliseo y Mariano pasaron por casa a beber algo y a conversar de nuestras historias de la semana. Se presentaron con todo el color y glamour que corresponde a una especie que sale de cacería. A pesar de que Mariano ya está casado (el guacho se está comiendo un chocolate 11 años más chico que él), empilchó TODO lo que se había comprado ese día. Eliseo y yo vestimos lo justo y necesario para llamar la debida atención que uno se merece. Estamos solteros y tampoco necesitamos ponernos el cartel de "soy solo". ¡¡¡Eso, jamás!!! La noche iba a ser toda nuestra y la pista de baile se tendría que hacer a un lado para darnos espacio. Salimos.

Primero bebimos una buena cervecita en un típico pub al que siempre vamos. El lugar repleto, as usual, con los especímenes habitúes de la noche santiaguina (de seguro ellos dirán lo mismo de nosotros). Próxima parada y destino final: el boliche.

Una de las cosas que no me gustan de las noches de Santiago es que se encuentran los mismos personajes en cada lugar al que uno va. Con haber salido cinco veces, ya conocés a todo el mundo. Es lo que hay, dijera un amigo.

En el boliche la música explotaba y las paredes reventaban de la cantidad de gente que había. El show (típico de ese lugar) pronto a empezar. Es lo que más me disgusta: un show de transformistas en un boliche, a las dos de la mañana, con duración de una hora. Te corta todo el ánimo. Se te baja todo. Aproveché para subir y conocer al barman del que tanto me habla Mariano: lindo chico, de Viña del Mar (o Valparaíso, da lo mismo, están al lado y divididas por un puente), con una hija y andá a saber que otro rollo. Ah, si, pendejo. Chau. Lo veo y automáticamente me vinieron ganas de ir al baño y cuando el cuerpo me pide algo, yo tengo que darselo.

El show, a morir. El público extasiado ante tanta pluma y brillo, risas, aplausos, imitaciones burdas de diosas reales.

Entro al baño. Había un tipo en el mingitorio: buena parte de atrás y, al acercarme, buena delantera. Moros en la costa: no. Caseta desocupada: si. Guiño de ojos del señor: nos llevamos mutuamente a la caseta.

Empezó el show (en la caseta). Bastante movidito el show de adentro que duró lo mismo que el de afuera. Pero por sobre todo, a diferencia del de afuera, la gente quería entrar y golpeaba la puerta y preguntaba si faltaba mucho. Y uno, en esas situaciones, no puede contestar: o bien porque tiene la boca ocupada o porque realmente no se sabe cuánto tiempo más va a durar el show. Y mientras a uno más lo apuran, peor es. Pero siempre lo que comienza, termina. Y el show de afuera terminó y el de adentro también. Por lo que decidí salir del escenario, bien arregladito para disimular la acción y ¿a quién me encuentro, esperando fuera de la caseta? (No es quien piensan, tanta mala suerte no tengo, pero realmente la cagué) Me encuentro con Leo, un chico que me gusta desde que llegué a Santiago y lo peor, es que me quedé esperando fuera del baño (para terminar de arreglarme) y él salió agarrándose la cabeza.

En la pista de baile, Eliseo y Mariano haciendo lugar, arreglándome el pelo con sus manos y alineándome la remera.

Y el baile continuó.