viernes, 3 de octubre de 2008

Show must go on

Sábado. Todo un fin de semana por delante. Dos días no es mucho. ¿A quién se le ocurrió que hay que trabajar cinco días en la semana y descansar dos?

No tenía muchos planes: solamente descansar y ver a los chicos. Además, no recibí noticia alguna del señor compatriota que estaba con ganas de conocerme "intelectualmente" (y yo tampoco lo llamé). No emoticons, no msn, no llamado, no nada ni camina. Planifiqué la noche y me sumergí en el descanso. A la noche, salgo a bailar y que la pista de baile decida.

Antes de ir al boliche, Eliseo y Mariano pasaron por casa a beber algo y a conversar de nuestras historias de la semana. Se presentaron con todo el color y glamour que corresponde a una especie que sale de cacería. A pesar de que Mariano ya está casado (el guacho se está comiendo un chocolate 11 años más chico que él), empilchó TODO lo que se había comprado ese día. Eliseo y yo vestimos lo justo y necesario para llamar la debida atención que uno se merece. Estamos solteros y tampoco necesitamos ponernos el cartel de "soy solo". ¡¡¡Eso, jamás!!! La noche iba a ser toda nuestra y la pista de baile se tendría que hacer a un lado para darnos espacio. Salimos.

Primero bebimos una buena cervecita en un típico pub al que siempre vamos. El lugar repleto, as usual, con los especímenes habitúes de la noche santiaguina (de seguro ellos dirán lo mismo de nosotros). Próxima parada y destino final: el boliche.

Una de las cosas que no me gustan de las noches de Santiago es que se encuentran los mismos personajes en cada lugar al que uno va. Con haber salido cinco veces, ya conocés a todo el mundo. Es lo que hay, dijera un amigo.

En el boliche la música explotaba y las paredes reventaban de la cantidad de gente que había. El show (típico de ese lugar) pronto a empezar. Es lo que más me disgusta: un show de transformistas en un boliche, a las dos de la mañana, con duración de una hora. Te corta todo el ánimo. Se te baja todo. Aproveché para subir y conocer al barman del que tanto me habla Mariano: lindo chico, de Viña del Mar (o Valparaíso, da lo mismo, están al lado y divididas por un puente), con una hija y andá a saber que otro rollo. Ah, si, pendejo. Chau. Lo veo y automáticamente me vinieron ganas de ir al baño y cuando el cuerpo me pide algo, yo tengo que darselo.

El show, a morir. El público extasiado ante tanta pluma y brillo, risas, aplausos, imitaciones burdas de diosas reales.

Entro al baño. Había un tipo en el mingitorio: buena parte de atrás y, al acercarme, buena delantera. Moros en la costa: no. Caseta desocupada: si. Guiño de ojos del señor: nos llevamos mutuamente a la caseta.

Empezó el show (en la caseta). Bastante movidito el show de adentro que duró lo mismo que el de afuera. Pero por sobre todo, a diferencia del de afuera, la gente quería entrar y golpeaba la puerta y preguntaba si faltaba mucho. Y uno, en esas situaciones, no puede contestar: o bien porque tiene la boca ocupada o porque realmente no se sabe cuánto tiempo más va a durar el show. Y mientras a uno más lo apuran, peor es. Pero siempre lo que comienza, termina. Y el show de afuera terminó y el de adentro también. Por lo que decidí salir del escenario, bien arregladito para disimular la acción y ¿a quién me encuentro, esperando fuera de la caseta? (No es quien piensan, tanta mala suerte no tengo, pero realmente la cagué) Me encuentro con Leo, un chico que me gusta desde que llegué a Santiago y lo peor, es que me quedé esperando fuera del baño (para terminar de arreglarme) y él salió agarrándose la cabeza.

En la pista de baile, Eliseo y Mariano haciendo lugar, arreglándome el pelo con sus manos y alineándome la remera.

Y el baile continuó.

No hay comentarios: